miércoles, 30 de agosto de 2017

LA EFÍMERA ALEGRÍA DEL ODIO

Por Roberto Marra

Está socialmente mal visto alegrarse por las desgracias ajenas. En general, las personas que odian a otras autolimitan sus expresiones de indudables alegrías frente a los padecimientos de quienes aborrecen. No es que no se contenten. Es que conservan todavía el mínimo pudor que les impide mostrarlo abiertamente.
Ese último rasgo de humanidad se ha perdido en muchos argentinos. Resulta ya común encontrar personas que no solo denostan a quienes han tomado como sus enemigos, sino que profieren deseos revanchistas que no se detienen ni aún cuando conozcan el padecimiento físico y espiritual cierto que sufran los sujetos a quienes dirigen sus sádicos pensamientos.
La construcción de esa deshumanización ha sido realizada también por los medios de comunicación. Actuando como voceros y partícipes de los intereses de los poderosos locales e internacionales, han ido produciendo enemigos como si fueran personajes de un teleteatro, exaltando maldades y vilezas inventadas para la ocasión, de tales magnitudes y con tanta saña, que generan adhesión inmediata del grueso de la población.
Claro que esto necesita de la imprescindible preparación de las mentalidades de los receptores de tales elucubraciones. Ya desde el ámbito de la educación formal se prepara a los futuros adultos en el deleznable “arte” del odio irracional, cuando las segregaciones y rechazos de los diferentes son moneda corriente entre algunos docentes, que por imitación se inoculará en los alumnos como el virus del desprecio sin razón que formará sus conciencias.
El Poder requiere de esas características deshumanizantes para profundizar su dominio. De ahí la estigmatización programada mediaticamente sobre líderes populares, figuras públicas relevantes que se opongan a sus objetivos o simples luchadores por reivindicaciones sociales, a quienes convierten en el objeto del odio más profundo y perverso por la repetición incansable de consignas que actúan como espinas que rebelan a los embrutecidos mediatizados.
La mesa de la disgregación social está servida. Se relamen los ignorantes al sentarse junto a sus amos, creyéndose partícipes del festín. Sentirán, en poco tiempo, el mismo rigor que padecieron sus odiados e inventados enemigos. Conocerán entonces, aunque muy tarde, que los poderosos jamás comparten los triunfos con sus siervos. Solo los descartan hasta el próximo odio.

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