lunes, 20 de octubre de 2014

SOBERANÍA ECONÓMICA Y PERONISMO: ¿TAPAR SATÉLITES CON LAS MANOS O PONERSE EN ÓRBITA?

Imagen www.vdeverdadnews.com
Por Alejandro Robba*

Existe una larga controversia entre economistas, la mayoría de ellos de perfil académico, apuntando sus críticas hacia quienes se ocupan sólo de los problemas del corto plazo (lo urgente), mientras alaban, en el otro extremo, a quienes hacen de los planes de largo plazo su objeto de estudio (lo importante). En el campo de la política económica, también se observa generalmente a la oposición pontificando sobre la inexistencia oficial de planes de largo plazo o políticas de Estado y a los oficialismos imputando la falta de propuestas de la oposición para resolver las urgencias del día a día.Esta disputa es propia de la vida democrática, pero lo grave en nuestro país es que la oposición esconde sistemáticamente sus propuestas o las va mutando según suenen las encuestas, impidiendo un debate franco sobre los modelos en pugna. La cuestión se hace más engorrosa si le adicionamos la divergencia entre los tiempos en que se mueve la política y los necesarios para obtener cambios estructurales reales. La pregunta sería: ¿se puede llevar adelante con éxito un plan de desarrollo económico de largo plazo con elecciones cada dos años? ¿Son compatibles los procesos de desarrollo con la democracia participativa?
La respuesta es simple: será imposible concebir desarrollo sin democracia, si el proyecto tiene como objetivo la inclusión creciente de las mayorías populares. Otro debate estéril es el que contrapone crecimiento a desarrollo como si fueran dos conceptos enfrentados. Es cierto que no puede haber desarrollo económico si la economía no crece, pero no es menos cierto que la forma que tome el proceso de crecimiento estará indefectiblemente determinando el tipo de país que vendrá y si la mayoría de los argentinos la estarán pasando mejor que ahora, o no.
A nuestro entender, escindir el corto del largo plazo o lo urgente de lo importante es metodológicamente incorrecto ya que el largo plazo se construye –y no se enfrenta– con las infinitas decisiones del día a día. El problema reside sólo en definir la coherencia y la dirección de esas decisiones, esto conlleva a definir un proyecto político, el resto es cháchara y nubes de Úbeda. Si hay un concepto arraigado en este gobierno es el de relacionar el desarrollo económico con la industrialización y la presencia del Estado para guiar ese recorrido junto con el sector privado. Con respecto al proceso de reindustrialización del período abierto en 2003 se han dicho muchas cosas, imposibles de enumerar en esta columna. Un balance podría centrarse en que si bien todos los indicadores que se tomen –producto industrial, empleo, cantidad de nuevas firmas, productividad, afiliaciones a sindicatos, salarios reales, inversión– son positivos, todavía no hemos recuperado el tejido industrial promedio que mantenía el país a mediados de los años setenta, debido a décadas donde "el modelo" fue el de la desindustrialización y el abandono de las políticas de sustitución de importaciones que, con aciertos y errores, llevaron a la Argentina a convertirse en un país de industrialización media junto con Brasil y México.
La actual escasez (coyuntural) de divisas se relaciona íntimamente con que no ha terminado el proceso de reindustrialización (largo plazo) puesto en marcha en 2003. En el corto plazo, la salida a la restricción que limita el desarrollo económico podrá ser financiera –emitir deuda soberana o deuda privada– pero siempre que se siga alentando la sustitución de importaciones y el incremento de las exportaciones industriales. La reedición del plan espacial argentino –al igual que el plan nuclear– surgió de una decisión política del ex presidente Néstor Kirchner, pero que encadenó una serie de decisiones puntuales –creación de empresas públicas, privadas y mixtas; partidas presupuestarias acordes a la envergadura del proyecto, procesos licitatorios, seguimiento y ejecución de cronogramas, utilización del poder de compra del Estado– que se extendieron al gobierno de Cristina Kirchner y coronaron con la puesta en órbita del satélite ARSAT-1 esta semana.
Este programa se extiende con el ARSAT-2, que estará preparado para volar en 2015, y el ARSAT-3, cuya construcción ya está en marcha. El día 16 de octubre de 2014 el país ingresó en la selecta nómina de sólo ocho países que alcanzaron la tecnología satelital. No está de más comentar, como una suerte de homenaje al Día de la Lealtad que se conmemoró ayer, que la historia de la astronáutica argentina comienza con el primer peronismo. Cuenta la leyenda que, a fines de los años cuarenta, un grupo de técnicos de la Fuerza Aérea Argentina desarrolló un motor de cohete de combustible líquido para propulsar proyectiles con fines científicos y militares.
Por esos años también nacía la industria aeronáutica de manos de IAME (Industria Aeronáutica y Mecánica del Estado) y hacía sus pininos el desarrollo nuclear argentino con la creación en 1950 de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA). Salvo la industria aeronáutica, que fue desactivada casi por completo por los gobiernos militares y democráticos que le sucedieron al primer peronismo, los proyectos espacial y nuclear siguieron a los ponchazos, luego se los durmió o desactivó, y fueron rescatados por otro gobierno al que se lo quiere tildar peyorativamente de "populista", es decir, un gobierno que sólo activa fiestas del consumo y se ocupa poco o nada de la inversión. Lo mismo decían de Perón.
Aquí otra vez la falsa opción entre consumo (corto plazo) vs inversión (largo plazo) que la ortodoxia económica y política analiza como antinómicos, mientras que quienes militamos por un modelo inclusivo vemos como variables complementarias: sin consumo (ventas) no hay inversión (producción) que valga. Antes de retomar el tema satelital y su relación con la impronta que el gobierno le quiere dar al desarrollo económico argentino, un poco de periodismo de anticipación. Un proyecto de envergadura similar al ARSAT y del que nadie se ocupa es el Proyecto Carem, que lleva adelante la CNEA. El Carem 25 será la primera central nuclear de potencia íntegramente diseñada y construida en Argentina. Se trata de pequeñas centrales que pueden ser utilizadas para brindar energía en lugares pequeños y alejados del interior del país. La obra civil comenzó el 8 de febrero de 2014 en la localidad de Lima, provincia de Buenos Aires y se pondrá en servicio a fines de 2017. Sumado al proyecto de combustibles no convencionales de YPF en Vaca Muerta, se podría ya identificar el modelo de desarrollo industrial que este gobierno ha venido impulsando: ni canguros, ni tigres, ni camellos, se trata de la cruza entre pumas, guanacos, ñandúes y pingüinos.
Es decir, el modelo respeta la identidad federal de las producciones de diferentes zonas del país, pero se centraliza en puntales que asientan su valor agregado en el conocimiento y el desarrollo tecnológico. Porque ARSAT-Carem-Vaca Muerta no son sólo proyectos puntuales o inconexos, sino que su desarrollo involucra a otros actores y sectores que crecen y se desarrollan a partir de señales de fuerte apoyo e inversión que brinda el gobierno nacional, y que se espera que continúen más allá de 2015. En forma complementaria, y como ya nadie piensa –salvo la Mesa de Enlace– que un plan de desarrollo industrial tiene que implementarse en contra del sector agrícola sino que, por el contrario, tienen su nexo en la industria agroalimenticia, este sector también aporta al modelo de desarrollo.
Ahora sí, no cualquier industria de alimentos, sino aquella que produce valor agregado en origen, lo que la presidenta llama la industrialización de la ruralidad. Pero para concretar ese proyecto, Argentina debe tener un plan de logística que recién comienza a materializarse con las inversiones del Belgrano Cargas, los corredores bioceánicos, la Hidrovía y el mantenimiento de las rutas argentinas.
¿Qué vamos a hacer con los puertos privados y los concesionados? Logística es el nombre de la competitividad genuina que todavía debemos construir para evitar que siempre nos corran con una devaluación que sólo agrava los problemas internos y no nos permite exportar más.
Cabe destacar que la alusión a los animales autóctonos tiene que ver con la idea de los economistas y políticos que siempre miran con envidia y nostalgia a los demás países. Son los mismos que hubieran preferido perder las invasiones inglesas, que San Martín no hubiera reivindicado a Rosas o que el peronismo nunca hubiera existido.
Si el dilema argentino es ser tigre (Corea), canguro (Australia) o camello (Arabia Saudita) es que poco saben de los procesos históricos y socioeconómicos de esos países. Nosotros, ni mucho, ni poco, argentinos.

*Publicado en Tiempo Argentino

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